martes, 7 de julio de 2026

mi entrevista a Antonio Gaudi Cornet

 Entrevista a Antoni Gaudi Cornet 

realizada por juanjo molto

¿En qué año y ciudad naciste?

Nací el 25 de junio de 1852 en la ciudad de Reus, en la provincia de Tarragona, en Cataluña, España. Aunque algunas personas sostienen que pude haber nacido en Riudoms, una localidad cercana donde mi familia tenía propiedades, durante mi vida siempre se me consideró hijo de Reus.

Mi padre era calderero, un oficio artesanal que me permitió observar desde niño cómo las formas tridimensionales surgían del trabajo manual con el metal. Creo que aquella experiencia influyó profundamente en mi manera de entender la arquitectura.

¿Dónde viviste durante tu infancia?

Viví mi infancia entre Reus y el campo de Riudoms, en la comarca del Baix Camp. Mi familia tenía vínculos con ambos lugares, y pasé largas temporadas en el entorno rural.

De niño padecí frecuentes problemas de salud, especialmente reumatismo, lo que a menudo me impedía participar en juegos y actividades físicas intensas. Debido a ello, pasaba mucho tiempo observando la naturaleza: los árboles, las plantas, los animales y las formas del paisaje. Aquellas observaciones dejaron una profunda huella en mí. Aprendí que en la naturaleza no existen las líneas rectas perfectas que tanto gustan a algunos arquitectos; predominan las curvas, las superficies regladas y las estructuras que siguen leyes naturales.

Recuerdo especialmente los campos, los almendros, los olivos y la luz del Mediterráneo. Muchos años después, cuando diseñé edificios en Barcelona, seguí inspirándome en esas formas naturales que había contemplado durante mi juventud.

¿Fuiste un niño feliz?

Diría que tuve una infancia tranquila, aunque no siempre fácil.

Mis problemas de salud me obligaban a pasar muchas horas apartado de otros niños. Mientras ellos corrían y jugaban, yo a menudo observaba desde la distancia. Eso podía resultar solitario. Sin embargo, aquel tiempo no fue estéril. La naturaleza se convirtió en mi gran maestra. Observaba con atención las formas de las hojas, los esqueletos de los animales, las montañas y las nubes. Aprendí a mirar.

Tuve también la fortuna de crecer en una familia trabajadora y honrada. El taller de mi padre, calderero, era un lugar fascinante para mí. Allí comprendí cómo las formas podían construirse con las manos y cómo la geometría podía tener una aplicación práctica.

Si me preguntáis si fui feliz, respondería que sí, aunque no de la manera bulliciosa que suele asociarse a la infancia. Mi felicidad estaba más en la observación, en la curiosidad y en el descubrimiento. Las dificultades de mi salud me privaron de algunas cosas, pero también me dieron una sensibilidad que más tarde resultó muy valiosa para mi trabajo como arquitecto.

¿Cuándo aprendiste a leer y escribir?

No podría deciros una fecha exacta, pues en mi tiempo no era costumbre registrar ese detalle con precisión. Sin embargo, aprendí a leer y escribir durante mi niñez, como correspondía a un muchacho de mi condición social en la Cataluña de mediados del siglo XIX.

Asistí a la escuela en Reus, donde recibí una educación elemental que incluía lectura, escritura, aritmética, religión y otras materias básicas. Más tarde continué mis estudios en centros de enseñanza secundaria de la ciudad.

Desde joven mostré más interés por el dibujo, la observación y las ciencias naturales que por la memorización de textos. Me atraían especialmente la geometría y todo aquello que ayudara a comprender las formas del mundo. Con el tiempo, esas inclinaciones me llevaron a estudiar arquitectura en Barcelona.

Debo añadir que, en aquella época, aprender a leer y escribir era una oportunidad que no todos los niños tenían. Aunque la instrucción pública avanzaba poco a poco en España, muchas familias humildes no podían ofrecer a sus hijos una educación prolongada. Mi familia hizo el esfuerzo de proporcionármela, y siempre les estuve agradecido por ello.

¿Qué recuerdas de la ciudad donde viviste?

Recuerdo especialmente Barcelona, la ciudad donde desarrollé la mayor parte de mi vida profesional. Cuando llegué como estudiante en la década de 1870, era una ciudad en plena transformación.

Las antiguas murallas habían sido derribadas pocos años antes y el gran proyecto del Ensanche de Ildefons Cerdà comenzaba a extender la ciudad más allá de sus límites históricos. Había un ambiente de crecimiento, de industria y de prosperidad impulsado por la burguesía catalana.

La Barcelona que conocí era muy distinta de la que existía en siglos anteriores. Las fábricas, los talleres y el comercio llenaban de actividad sus calles. Al mismo tiempo, seguían conservándose barrios antiguos como el Barrio Gótico, donde podían sentirse siglos de historia.

Recuerdo el puerto lleno de barcos procedentes del Mediterráneo y de otros lugares del mundo; las Ramblas siempre animadas; los mercados repletos de gente; el ruido de los carruajes; y más tarde, la llegada de nuevas tecnologías como la iluminación eléctrica y los tranvías.

Si algo recuerdo con especial intensidad es la luz. La luz del Mediterráneo sobre la piedra, sobre los mosaicos y sobre los edificios al amanecer y al atardecer. Ningún arquitecto puede permanecer indiferente a ella.

¿Cómo era en aquella época? ¿Descríbeme las calles y plazas?

Cuando pienso en la Barcelona de mi tiempo, no veo una ciudad silenciosa ni ordenada como algunos podrían imaginar desde el futuro. Veo una ciudad llena de movimiento, de trabajo y de contrastes.

Las calles de la ciudad antigua eran estrechas y sinuosas. En muchos barrios apenas entraba el sol durante ciertas horas del día. Los edificios se alzaban unos frente a otros, separados por pocos metros. Había comercios en las plantas bajas, talleres artesanos, tabernas y viviendas donde a menudo convivían numerosas familias.

Por las calles circulaban carruajes tirados por caballos, carros de mercancías y peatones de toda condición. El sonido de los cascos sobre los adoquines era constante. También se oían las campanas de las iglesias marcando las horas y anunciando festividades o acontecimientos importantes.

Las plazas eran los verdaderos lugares de encuentro. Allí se celebraban mercados, conversaciones, actos religiosos y reuniones populares. Los vendedores anunciaban sus productos a voz en grito: frutas, verduras, pescado recién llegado del puerto, tejidos y todo tipo de mercancías.

Cuando la ciudad comenzó a expandirse por el Ensanche diseñado por Ildefons Cerdà, el paisaje urbano cambió considerablemente. Las nuevas calles eran mucho más amplias y rectas. Los edificios se organizaban en manzanas regulares con esquinas achaflanadas para facilitar la circulación. Aquello representaba una visión moderna de la ciudad, muy distinta de la trama medieval.

Por la noche, durante mi juventud, muchas calles seguían iluminándose con gas. Más adelante comenzó a extenderse la electricidad, que transformó la apariencia de la ciudad al caer el sol. Para quienes habíamos crecido antes de esa innovación, ver calles enteras iluminadas eléctricamente era algo extraordinario.

No obstante, la ciudad también tenía sus olores y sus incomodidades. El humo del carbón procedente de las fábricas, el estiércol de los caballos, la humedad cercana al puerto y las limitaciones de los sistemas de saneamiento formaban parte de la vida cotidiana. La Barcelona de mi época era hermosa, pero también era una ciudad industrial en pleno crecimiento.

Si caminarais por ella hacia 1900, veríais obreros saliendo de las fábricas, señoras de la burguesía paseando por el Paseo de Gracia, estudiantes discutiendo en cafés, sacerdotes recorriendo las calles y comerciantes negociando en los mercados. Era una ciudad llena de energía, una ciudad que creía firmemente en el progreso y que deseaba ocupar un lugar destacado entre las grandes ciudades de Europa.

¿En que calles viviste?

Durante mi vida viví en varios lugares de Barcelona, aunque no siempre quedaron registrados con el detalle que hoy podría esperarse. Los lugares que más recuerdo son estos:

Durante mis años de estudiante y los primeros tiempos como arquitecto, residí en distintas pensiones y viviendas de Barcelona, cerca de las zonas donde estudiaba y trabajaba. Eran alojamientos modestos, propios de un joven que aún estaba construyendo su carrera. 

También recuerdo una ciudad profundamente ligada a la cultura catalana. Durante mi vida se desarrolló la llamada Renaixença, un movimiento de recuperación de la lengua y las tradiciones de Cataluña. Muchos artistas, escritores e intelectuales compartían el deseo de dar una identidad propia a nuestro arte.

Desde aproximadamente 1906 hasta los últimos años de mi vida viví en la casa construida dentro del Park Güell. Aquella vivienda, que hoy muchos conocen como la Casa-Museo Gaudí, estaba situada en la urbanización promovida por mi amigo y mecenas Eusebi Güell. Allí disfrutaba de cierta tranquilidad, alejado del bullicio del centro de la ciudad. 

En los últimos meses de mi vida me instalé prácticamente de forma permanente en una pequeña habitación dentro del recinto de la Sagrada Familia. Mi dedicación al templo era ya casi absoluta, y deseaba estar cerca de las obras en todo momento. 

Si me preguntáis por una calle concreta asociada a mi hogar durante más tiempo, os diría que la vivienda del Park Güell se encontraba en la entonces llamada calle de Olot, dentro de la urbanización. Sin embargo, más que las calles en sí, recuerdo los lugares por la labor que realizaba en ellos: el taller, las obras y los espacios donde podía observar la naturaleza y reflexionar sobre mis proyectos.

¿Cuáles fueron tus primeras obras?

Mis primeras obras importantes llegaron poco después de terminar mis estudios de arquitectura en Barcelona, en 1878. Por entonces yo era un arquitecto joven que buscaba abrirse camino y demostrar ideas que se apartaban de los estilos tradicionales.

Entre mis primeros trabajos destacaría:

Farolas de la Plaza Real, diseñadas para el Ayuntamiento de Barcelona. Fueron de mis primeros encargos públicos y aún pueden verse en la ciudad. 

Cooperativa Obrera Mataronense, un proyecto industrial y social en el que experimenté con soluciones estructurales que más tarde desarrollarían mis obras maduras. 

Casa Vicens, construida entre 1883 y 1885. Fue mi primera gran obra residencial y una de las que mejor refleja mi interés inicial por las formas orientales, la cerámica y la integración de la naturaleza en la arquitectura. 

El Capricho, una villa de recreo donde continué explorando el color, la ornamentación y las formas inspiradas en el mundo vegetal. 

Más adelante, cuando mi relación con la obra de la Basílica de la Sagrada Familia se volvió el centro de mi vida, pasé largas temporadas en el taller del propio templo. 

Barcelona fue para mí mucho más que un lugar de residencia. Fue mi taller a gran escala. Allí levanté edificios como la Basílica de la Sagrada Familia, la Casa Batlló, la Casa Milá y muchas otras obras. Vi cómo la ciudad crecía alrededor de ellas y cómo cada generación la transformaba.  

, la Casa Batlló, 

 

la Casa Milá

Más adelante, cuando mi relación con la obra de la Basílica de la Sagrada Familia se volvió el centro de mi vida, pasé largas temporadas en el taller del propio templo. 

Un acontecimiento decisivo de aquellos años fue mi encuentro con Eusebi Güell. Tras conocer algunos de mis trabajos, depositó una gran confianza en mí. Gracias a su mecenazgo pude desarrollar proyectos cada vez más ambiciosos, como el Palau Güell y, años más tarde, el Park Güell.

Si observáis esas primeras obras, veréis que ya estaban presentes muchas de las ideas que me acompañarían toda la vida: la inspiración en la naturaleza, el estudio de la geometría y el deseo de crear una arquitectura que fuese tanto útil como bella. Había mucho camino por recorrer todavía, pero en aquellos proyectos comenzaron a germinar las semillas de todo lo que vendría después.

¿tuviste hijos?

No, no tuve hijos.

Tampoco llegué a casarme. En mi juventud sentí afecto por una mujer llamada Josefa Moreu, pero aquel interés no fue correspondido y la relación no prosperó.

Con el paso de los años me fui entregando cada vez más a mi profesión y, posteriormente, a mi fe religiosa. Mi trabajo absorbía gran parte de mi tiempo y de mis energías. Muchos de mis colaboradores decían que yo vivía para la arquitectura, y especialmente en mis últimos años podría decirse que mi verdadera familia era la obra de la Basílica de la Sagrada Familia. 

Por ello, no dejé descendencia. Lo que esperaba dejar tras de mí no eran hijos, sino edificios capaces de perdurar y servir a las generaciones futuras.

¿Cuánto tiempo y trabajo te llevo proyectar La sagrada familia de Barcelona?

La respuesta depende de si habláis del proyecto o de la construcción.

Como arquitecto de mi época, os diría que comencé a trabajar en la Basílica de la Sagrada Familia en 1883, un año después de iniciadas las obras. El proyecto había sido comenzado por Francisco de Paula del Villar, pero cuando asumí la dirección decidí transformarlo profundamente.

Durante los primeros años fui desarrollando nuevas ideas y modificando el diseño original. Sin embargo, la verdadera dedicación absoluta llegó en la última etapa de mi vida. Desde aproximadamente 1914 dejé casi todos mis demás encargos para concentrarme exclusivamente en la Sagrada Familia.

Cuando fallecí en 1926, habían transcurrido 43 años desde que asumí la dirección de las obras. Durante esos años dediqué miles de horas al estudio de la geometría, las estructuras, la liturgia cristiana, la simbología y los detalles constructivos. Construí maquetas, realicé ensayos con cuerdas y pesos para comprender las cargas estructurales y desarrollé soluciones arquitectónicas que apenas tenían precedentes.

Debéis comprender que yo nunca pensé en la Sagrada Familia como un edificio para una sola generación. Solía decir:

"Mi cliente no tiene prisa."

Con ello me refería a Dios. Sabía perfectamente que la obra no estaría terminada en vida mía. Mi propósito era dejar resueltos los principios fundamentales para que los arquitectos del futuro pudieran continuarla fielmente.

Cuando morí, únicamente estaba terminada una de las fachadas principales, parte de las torres correspondientes y la cripta. Pero gran parte del trabajo intelectual ya estaba realizado en dibujos, modelos y estudios.

Así pues, si me preguntáis cuánto tiempo me llevó, respondería: 43 años de trabajo directo y los últimos 12 años de mi vida dedicados casi exclusivamente a ella. Fue, sin duda, la obra a la que consagré mi existencia.

¿Por qué se llama también Templo Expiatorio de la Sagrada Familia Basílica en Barcelona?

Porque cada una de esas palabras tiene un significado distinto dentro de la Iglesia y de la historia del edificio.

Si me permitís responder como lo haría yo, Antoni Gaudí:

La Basílica de la Sagrada Familia se llama Templo Expiatorio de la Sagrada Familia porque nació como una obra de expiación religiosa. A finales del siglo XIX, sus promotores, encabezados por Josep Maria Bocabella, querían levantar un templo financiado exclusivamente mediante donativos de los fieles. La idea era que los creyentes contribuyeran con sus aportaciones como acto de penitencia y reparación espiritual; de ahí la palabra expiatorio.

La expresión Sagrada Familia hace referencia a la familia formada por Jesucristo, la Virgen María y San José, a quienes está dedicado el templo.

Por otra parte, durante mi vida el edificio era simplemente un templo en construcción. Muchos años después de mi muerte, en 2010, el papa Benedicto XVI lo consagró y le otorgó el título de basílica menor. Desde entonces su nombre oficial completo pasó a incluir también la palabra basílica.

Así pues, el nombre completo puede entenderse de esta manera:

Templo: edificio destinado al culto. 

Expiatorio: construido gracias a donativos y como acto de expiación religiosa. 

de la Sagrada Familia: dedicado a Jesús, María y José. 

Basílica: título honorífico concedido por el Papa. 

Si me hubierais preguntado esto en 1926, año de mi muerte, yo habría hablado únicamente del Templo Expiatorio de la Sagrada Familia, pues todavía no había recibido la dignidad de basílica.

¿Eras realmente consciente de la repercusión que tendría con el paso del tiempo?

Si me preguntáis como Antoni Gaudí, os respondería que sabía que la obra era extraordinaria, pero no podía imaginar con exactitud la dimensión que alcanzaría en el futuro.

Era consciente de que estaba desarrollando soluciones arquitectónicas muy diferentes de las habituales en mi tiempo. Dediqué años a estudiar formas geométricas, estructuras naturales y métodos constructivos que pocos arquitectos empleaban. También sabía que la Sagrada Familia requeriría varias generaciones para completarse.

Sin embargo, no trabajaba pensando en la fama futura. Mi preocupación principal era que el edificio expresara adecuadamente su significado religioso y que sus estructuras fueran verdaderas desde el punto de vista constructivo.

Recuerdo haber dicho en distintas ocasiones que:

"Mi cliente no tiene prisa."

Y también:

"Vendrán otros después de mí."

Estas ideas reflejan que asumía que la obra me sobreviviría y que otros arquitectos continuarían desarrollándola.

¿Imaginé que personas de todos los continentes viajarían a Barcelona para verla? 

No. En mi época el turismo internacional era muy reducido comparado con el vuestro. Barcelona era una ciudad importante, pero difícilmente podía prever un mundo con aviones, comunicaciones instantáneas y millones de visitantes cada año.

Lo que sí creía era que la arquitectura basada en las leyes de la naturaleza tiene una cualidad duradera. Las modas cambian; la naturaleza permanece. Por eso procuré que mis edificios no dependieran de una tendencia pasajera.

Si hubiese podido contemplar vuestro tiempo y ver que la Basílica de la Sagrada Familia se ha convertido en uno de los monumentos más reconocidos del mundo, probablemente me habría sorprendido la magnitud de esa repercusión. Pero quizás no me habría sorprendido que siguiera despertando interés, porque siempre tuve la convicción de que una obra concebida con rigor, paciencia y fe podía hablar a generaciones muy lejanas de la que la vio nacer.

¿Creíste alguna vez que se terminaría?

Sí, creí que se terminaría, aunque no en mi tiempo.

 Nunca consideré la larga duración de las obras como un fracaso. Al contrario, veía las grandes catedrales medievales como un ejemplo. Muchas de ellas tardaron siglos en completarse y cada generación aportó algo de sí misma.

Yo era plenamente consciente de que no vería terminada la Basílica de la Sagrada Familia. De hecho, en mis últimos años trabajé con esa certeza. Por eso dediqué tantos esfuerzos a construir modelos, maquetas y estudios geométricos que permitieran a otros continuar la obra cuando yo faltara.

Recuerdo una idea que expresé en diversas ocasiones:

"No hay motivo para lamentar que yo no pueda acabar el templo. Yo me haré viejo, pero otros vendrán después. Lo que debe conservarse siempre es el espíritu de la obra."

Mi preocupación no era tanto que se terminara rápidamente, sino que quienes continuaran respetaran los principios fundamentales del proyecto.

Ahora bien, también debo ser sincero desde mi perspectiva histórica. No podía prever los acontecimientos que vendrían después de mi muerte. No podía imaginar guerras, cambios políticos o la destrucción de parte de mis planos y maquetas durante la Guerra Civil Española. Si hubiera sabido todo eso, quizá habría tenido más dudas sobre los plazos.

Pero mientras viví, sí creí que algún día se terminaría. No sabía si serían cien, doscientos o más años. Para mí, una obra dedicada a Dios debía medirse en generaciones, no en décadas. La paciencia formaba parte del proyecto tanto como la piedra y los planos. 

GRACIAS por la entrevista.

Ha sido un placer conversar con vos.

Si me permitís despedirme como Antoni Gaudí:

"La originalidad consiste en volver al origen." Observar la naturaleza, comprender sus leyes y trabajar con paciencia fueron los principios que guiaron mi vida y mi arquitectura.

Os agradezco vuestro interés no solo por mis obras, sino también por la persona que hubo detrás de ellas. Los edificios pueden contemplarse en unas horas; comprender la época, las ideas y las experiencias que los hicieron posibles requiere mucha más atención.

Os deseo un buen viaje, ya sea por las calles de Barcelona, por la historia de Cataluña o por el mundo de la arquitectura.

Adéu i gràcies.


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